1 de noviembre de 2011

No es fácil sobrevivir a los que han muerto



Hace unos días terminé "Soleá", el tercero de los libros de la "Trilogía de Marsella" que escribió el ya fallecido periodista y escritor farncés Jean Claude Izzó. Los capítulos de la novela llevan títulos cargados de originalida, y uno de ellos lo encabeza Izzo con una frase tan sugerente como ésta: "no es fácil sobrevivir a los que ha muerto"; pienso que la afirmación es cierta, dramáticamente cierta. Conforme vas cumpliendo años, aumenta el número de los que se fueron, un incremento que comienza a ser alarmantemente llamativo tras traspasar la barrera de los 50. La muerte es una realidad ineludible, uno de los pocos eventos de nuestra vida que podemos asegurar que ocurrirá, y mientras esperamos la nuestra vamos observando cómo se van marchando muchos de los que nos rodean, a veces los más cercanos.

Hay muertes prematuras, marchas inesperadas ante las que uno se rebela por mucho que intente ver la voluntad de Dios, quien indudablemente sabe más, aunque no regatee dolor ni abandono. Siempre terminas pensando que determinadas personas se fueron demasiado pronto, incluso que algunas de el fondo, no debían habese ido nunca. Hay muertes esperadas, que anunciaron con tiempo su llegada, y en las que la enfermedad fue robando poco a poco la vida, extinguiendo las potencias del cuerpo y del alma, minando el aire que respira el enfermo y quienes le rodean. Siempre, en uno y otro caso, cuesta asumir el vacío, la ausencia ... seguir viviendo como antes aunque ya nunca vuelva a ser como antes. Pero, al hilo de la repetida frase de William Wordsworth, no cabe duda de que la belleza permanece en el recuerdo, y no sólo ésta, también tantos momentos, palabras, gestos, el cariño, un consejo, ... detalles que la ausencia, precisamente la ausencia, convierte en firmes, permanentes, eternos.

Todos conocemos la célebre rima de Becquer: "¡qué solos se quedan los muertos!", y es así, con la triste compañía del viento del otoño y las flores de estos días. Pero también nos quedamos solos los vivos, que hubiéramos deseado compartir nuestra felicidad con los que se fueron, acudir a ellos para celebrar nuestros éxitos, nuestras satisfacciones, todos y cada uno de los días señalados ... y también, posiblemente con más intensidad, sentimos la soledad de los momentos duros, cuando ya no respiran en esta tierra las miradas de comprensión, las sonrisas desdramatizadoras, las palabras de consuelo.

La vida nos enseña, a golpes y con fuerza, a sobrevivir a los muertos; y poco a poco vamos aprendiendo, nos enfrentamos con el dolor y miramos atrás, cada vez con menos temor porque en el fondo los recuerdos se vuelven, con el paso de los años, tiernos y entrañables. El tiempo atempera nuestros dramas y convierte a quienes ya faltan, nuestros padres, nuestros familiares, nuestros amigos, ... en gratos compañeros de viaje: ¿quién sino ellos comprende mejor que nadie lo que nos pasa y lo que nos preocupa?, ¿quién sabe mejor lo que nos hace falta?, ¿quién sino ellos llevarán ante Dios nuestras necesidades y nuestra recomendación?.






11 comentarios:

Anónimo dijo...

Como decía Santa Teresa ,,"la vida es una mala noche en una mala posada"

susana dijo...

Gracias por este post tan adecuado para el día de hoy. Yo a veces digo que no me asusta la muerte, lo peor es para los que se quedan. Un beso.

Pilar Lachén dijo...

Los muertos no se quedan solos, van a un sitio mejor; los vivos nos quedamos añorándolos y llorando su ausencia. Como dices, espero que el tiempo mitigue el dolor de una pérdida.

Modestino dijo...

No se sí lo mitiga, tal vez lo que hace es acostumbrarte a vivir con él.
Susana: hay gente por ahí que hace ostentacion de no temer a la muerte, dudo que sea exactamente así.

tomae dijo...

...uno de los motivos por los que lamentamos su muerte, es porque dejamos pasar la oportunidad de estar un rato con ellos cuando pudimos.

Modestino dijo...

Es una constante, amigo Tomae, siempre viene a la cabeza el detalle que no tuviste, el consuelo que no daste o las palabras que te debías haber ahorrado cuando el otro ya no está.

Armando Sáinz dijo...

Excelente reflexión.
Cuando alguien querido se va, algo se muere en el alma...

Modestino dijo...

No podemos volvernos insensibles ante la marcha definitiva de quienes han sido nuestros amigos.

ana dijo...

Es cierto, la belleza está en el recuerdo... pero hay ausencias que son demasiado difíciles, y que lo serán toda la vida.

Hoy, en la radio, hablaban sobre la muerte, de cómo esta sociedad oculta algo que es tan natural como la vida... de cómo se la esconde, de cómo se intenta correr un tupido velo sobre el duelo de los que sufren... de cómo se la esconde a los niños.

Y decían algo que me parece una gran verdad, la idea de que sólo desde el conocimiento de la muerte, desde su natural presencia, puedes valorar la vida, y celebrarla como lo que esencialmente es; un inmenso regalo.

Un fortísimo abrazo Modestino.

Modestino dijo...

Cuánta razón tienes, Ana .... hay ausencias que lloras toda la vida, entre otras razones posiblemente porque no quieres dejar de hacerlo, las necesitas.
La muerte es una realidad, y Dios no ha previsto nada que no tenga sentido.

Otro gran abrazo, amiga.

gloria dijo...

Cuesta pensar que ,esas personas, que han sido todo en nuestra vida, con las que nos iriamos sin dudarlo, serán, como nosotros , " el olvido que seremos. "..