24 de febrero de 2010

Sillón orejero



Hay personas amables, acogedoras, de esas que disfrutan haciendo favores o ejerciendo de anfitriones, también los hay del otro extremo, ariscos y antisociales, con el alma como de papel de lija; pero difícilmente se puede calificar de "acogedores" a los objetos, fundamentalmente porque carecen de espíritu, aunque yo al menos encuentro una excepción: esos sillones bien tapizados, cómodos y con unas "orejas" laterales en los que uno de puede "hundir" y gozar de un descanso, merecido o no, que suele servir de alivio, de reposo, de recuperación de energías.

En las últimas semanas, vete a saber la razón, he pensado con frecuencia en algunas personas cuyas posturas ante la vida parece que llevan a pensar que si no eres un estoico eres un señorito; son aquellos que ponen en solfa cualquier tipo de evasión, cualquier alto en el camino que suponga cierta comodidad, algún tipo de lo que podríamos llamar lícitos placeres mundanos: un aperitivo, un fin de semana de esquí, la lectura de un libro de evasión o un paseo por la ciudad sin más finalidad que airearse. Hay algunos que lo hacen por un afán de virtud que puede llegar a ser excesivo -soy de los que pienso que toda virtud debe de ser amable-, otros porque viven en un mundo de "yuppie" y no hay razón posible que no haya de ser práctica, otros porque tal vez no saben distinguir el grano de la paja, o algo parecido.

La cuestión es que para mí el sillón "orejero" del que dispongo para mi uso casi exclusivo protagoniza, cuando es posible, uno de los momentos gratos del día. Después de comer, entre la digestión -más o menos pesada según las "circunstancias"-, esos residuos de sueño que van aumentando conforme cumples años y el cansancio de los quehaceres de la mañana, dicho sillón se convierte en un objeto que uno desea con ganas y acoge con regocijo. Hay quien prefiere acudir a la tradición más española y recurre a la siesta, a esa que Camilo José Cela denominaba "de pijama, orinal y padrenuestro", pero yo prefiero mi sillón que alivia ese momento complicado; en ocasiones te sientas buscando directamente la "cabezadita" reconfortante, o te autoengañas con una lectura que enseguida comienza a estar protagonizada por el sopor y la niebla visual o simplemente te limitas a dejarte caer "y que sea lo que Dios quiera".

Las orejas del sillón son también testigos mudos de lecturas apasionantes, de esas que has de hacer despacio y atento porque no debes perder palabra, o las que te captan de tal manera que dejarlas se convierte en virtud o esas ligeras y simples que necesitas en tiempos de tensión o agotamiento. Y también allí lees el periódico, con calma, deteniéndote en aquello que te llama la atención e intentando percibir eso de especial que uno siempre acaba descubriendo en la noticia, el artículo o el anuncio que a lo mejor en otras circunstancias pasa desapercibido.

Y aquellas noches en las que las preocupaciones, un dolor inesperado, una decepción notable o los nervios que te ocasionan la familia, la profesión o el fútbol impiden conciliar el sueño, cuando estar tumbado en la cama deja de ser relax y pasa a convertirse en algo insufrible, el sillón orejero puede ser de nuevo alivio y consuelo.

Cuando veo que he incluido esta entrada en el capítulo de "pequeños placeres", me planteo si estoy exagerando, si he frivolizado, ... incluso si resulta que tengo el día superficial, pero para mí el sillón tiene su importancia y se ha convertido casi en mi trono.


12 comentarios:

Mariapi dijo...

Este año me he portado bien, y ¡por fin!, los reyes me han traido un orejero. Una maravilla. Lo mejor, sus orejas, que permiten ir cambiando de postura mil veces, y leer, leer, leer.
No lo tengo en exclusiva, se ha convertido en el segundo punto de reunión familiar, después de la cocina.
Seguro que hay algún grupo en facebook "Yo también mato por un orejero"...Como siempre, gracias, Modestino

LOARRE dijo...

Estoy plenamente de acuerdo, pero añadiría algo más, pues al cabo de los años he descubierto algo que en mi opinión supera al simple orejero: aquel al que le sale un reposapies. Fantástico.

Modestino dijo...

Huy, eso ya es pedir demasiado; además en ese caso ponerte a trabajar cuando corresponde cuesta aún más ....;)

Asier dijo...

me gusta el nuevo logo que has estrenado, Modestino.
Se te ha olvidado comentar que el orejero es el complemento imprescindible de la fabada.
ego tiene para tel menester el sofa y eso es otro lujo asiatico.

veronicia dijo...

Pequeños placeres... leer tu blog en el pequeño sofá profunfamente incómodo (tiene 50 años herencia de mis abuelos) mientras veo a mi amado esposo en el sillón orejero que compramos... sonrio... luego me arropa con la mantita y duermo la siesta.
!Esto si que es vida!

Modestino dijo...

Y yo que pensaba que el mejor compplemento d ela fabada eran el chorizo y el tocino ...

Un sillón, cuanto más viejo, mejor: los años aportan caché.

Asier dijo...

Modestino: los "sacramentos" no son complemento de la fabada, sino parte de ella, la esencia misma!
Por cierto, ayer dejé preparada una para zamparmela hoy... ya se me licuan hasta los belfos.

Modestino dijo...

Tienes razón, aunque yo el término "sacramentos" lo había oído con relación a los magníficos caparrones que comes en Logroño, si no los conoces, te los recomiendo. Evidentemente, también lo aplican a la fabada: no lo sabía.

Ya ves que un sillón orejero solamente inspira buenas ideas.

Sunsi dijo...

Tengo en casa dos orejeros de herencia, Modestino. Sólo ha habido que reparar lo reposabrazos. Es mirarlos y la vista ya descansa.

Me ha llamado la atención, por oportuno, tu comentario sobre esos dogmatismos que no aprueban los pequeños placeres cotidianos. Y me gusta que de cuando en cuando lo dejes caer. Lo haces con elegancia y das en el clavo.

Un saludo, jurisconsulto

Máster en Nubes dijo...

Sólo hay una cosa comparable a un buen orejero y es una buena mecedora, de las de echar la siesta. Un abrazo, jurisconsulto. Voto por crear el grupo de facebook ese...

Modestino dijo...

Eres lista y observadora, Sunsi, tengoo ciertas fijaciones ... je, je, je.

Las mecedoras tienen su encanto, Aurora, pero yo tengo dos problemas: por un lado no me acaban de convencer para la lectura, y por otro al tener unos kilos de más, me suelen darsensación de fragilidad.

ana dijo...

El reposo... ese estado de semivigilia, con la vista nublada y el libro medio caído sobre las manos mientras descansa tu cabeza en esa oreja de silencios... ese reposo es muy necesario.

Mi lugar preferido también es un sillón con orejas, y con reposapies. No lo ignores. Tenlo en cuenta para el próximo sillón.

Se recoloca de nuevo todo el andamiaje de la cabeza en una siesta de esas de sillón...

Saludos.